Son muchas las razones por las cuales te decidís a empezar
un viaje, y mi caso personal quizás se parece al de muchas otras personas, pero
como es de esperarse también tiene sus particularidades.
La tesis que no fluye…,
el verano relativamente caluroso del sur, que en la Patagonia vendría a ser el
clima templado de montaña de mis pagos, pero igual caluroso y soleado para
estar encerrado escribiendo un texto que ni me motiva… el mal de amores y todo
lo que eso trae consigo: celos, inseguridad, desconfianza, baja autoestima. La
desilusión y la desesperanza acerca del mundo que te rodea y por último y no
menos desestimulante: el sistema hegemónico que no parece dar tregua, extirpando
cualquier disidencia u otredad.
Las contradicciones aumentan y la zona de confort se pone sofocante (sí ya no podei ni cagar trankilo de la angustia existencial). Ante este paisaje de espanto que es la sociedad occidental moderna y sus instituciones macabras y nuestra dependencia enfermiza de las mismas… el viaje se presenta como una redención, como una posibilidad de traspasar un umbral... "y cuando digo esto no hablo de pasar la frontera de un estado moderno, aunque capaz si, al menos las instituciones cambian para variar" –hablo de llevar tu cuerpa a lo desconocido, hacer un gran esfuerzo para transmutar y cambiar de piel.
Es así como el verano austral del 2018 decidí huir de todo y largarme a una aventura quizás por unos días, por unos meses o años. Decido dejar mis compromisos para después y tomarme un break para oxigenarme un poco. O tirar todo bien a la mierda y que la vida sea con el rumbo que le de la gana de tomar....